XV.
Sin pasión no hay poesía.
Renacer cada día es parte de la vida.
No importa lo que digan es así
Hay que parirse todos los días.
XVI.
Siento la prisión de este cuerpo
Como envase de mi espíritu salvaje.
No existen cadenas
que contengan el fuego de mi amor.
Se derrama en carne de poemas
La hostilidad me llega
pero siento un susurro que me llama,
mientras acaricio la vida al pasar.
Absorbiendo lo que inspira
abrazando a los que inspiran
Otro: su mirada cambio,
Nunca sus ojos se posaron sobre mí de esa manera.
Esto genero un
momento de encuentro.
Aunque siempre que mira a alguien
es como si se preguntara ¿Qué onda?
Pero no un ¿Qué onda? Mala onda
Sino un ¿Qué onda? Que interpela al otro de tal
manera,
que no le deja otra alternativa que se manifieste como
es.
XVII.
Las palabras
fluyen hacia mí
como pájaros en el aire
que van hacia una misma dirección.
.:.:. .:.:. .:.:.
Encontré otra
musa.
Ya van tres y contando.
Espero ansiosa su visita
para
regodearme embelesada
ante su
enseñanza.
Siento una vibración muy fuerte.
Invade mi cuerpo atravesando
mi chacra raíz hasta la corona.
Son impulsos de placer.
Desconozco su procedencia pero sé que hace
años lo siento.
XVIII.
Cuando aparece
algo nuevo y significativo
siempre resulta por proyección mejor que
lo que se conoce.
Siempre es otro
sabor,
otro aroma,
otra piel por descubrir.
Otro disfraz por desarmar.
XIX.
Necesito
desenfocar la atención de lo que siento,
una vez más me lastime.
No voy a decir
que me lastimaron,
creo ser lo suficientemente grande
como para hacerme cargo
de mis decisiones.
XX.
Ya no más.
Tu piel,
el borde de tus labios.
Tus ojos oasis.
La risa picara.
Tu zigzagueo.
Ciclo que
termina,
pero agradece porque camina.
Quedarse quieto es como no respirar,
como esa sensación cuando acabas…
No más tu saliva y la mía.
El embrujo de tu fragancia.
Luminosa
confluencia de deseos.
Consumándose en la hoguera de dos cuerpos.
Agradezco cada gota de sudor,
Cada roce
Y los recuerdos.
XXI.
Necesito un amor que me sacuda la vida.
Necesito vida sacudiendo al amor.
Que no sea el impulso que nos domina.
Sino la fiesta de una ceremonia compartida.
Complicidad que se imparte en la mirada.
Donde las palabras sobran.
Y el tiempo escapa.
XXII.
Me despojo por un momento de la convención de
lo real.
El cuerpo se siente más liviano.
Los objetos pierden relación con su peso.
XXIII.
Me caí en un día
nuevo.
Otro amanecer que irrumpe en la oscuridad.
El viento cambia
su dirección,
trayendo nubes desde los rincones.
Respiro y los
aromas me invaden,
seduciéndome mientras
inhalo.
XXIV.
Siento el
veneno,
lo reconozco.
Esa sensación la recuerdo.
Circulo
espiralado,
danzando mientras rozan las manos.
Quiebra el aliento.
Enloquecen los sentidos.
Recuerdo esa
sensación.
La ceguera.
La
disociación.
Más he sobrevivido.
Y ahora lo experimento de nuevo.
Dulce adicción al desconsuelo.
XXV.
Me gusta
perderme.
Cada tanto me encuentro.
Cuando el click
de las ideas
ordenan un nuevo aprendizaje.
XXVI.
Cuéntame lo que perciben tus pupilas,
quiero saber del camino entre neblinas.
A través del velo,
recuerda respirar pausado,
sintiendo el movimiento.
Se pierde el
límite,
al desvanecerse las ideas.
Ahora,
en silencio,
soy el águila que sobrevuela.
Soy los pétalos exuberantes de esa flor.
Las gotas de lluvia en el balcón.
Adentro,
siempre adentro.
El afuera es creado todo el tiempo.
El cobarde solo puede ver lo que le conviene.
XXVII.
El otro.
¿Quién es el otro?
¿Es otro o es parte de mi proyección?

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